miércoles, 14 de febrero de 2007

Un paseo por el mercado


No se pueden entender en su justa dimensión los versos de Pablo Neruda, cuando describe algún mercado americano, si no se ha paseado por uno, si no se ha sentido la mezcla de olores y sonidos que son, una sensación que ni siquiera a través de la magia del poema se puede percibir.
El mercado de Granada reúne toda la esencia de las palabras de Neruda, y pasear sin rumbo fijo por la calle Atravesada, adentrándose entre los puestos, actualiza todas esas sensaciones, les da un sentido de realidad a golpe de gritos que venden la mejor mercancía de toda la ciudad.
Pero antes de hacer la compra diaria como los granadinos, que no tienen la costumbre de ir a hipermercados y tirar de carros metálicos –apenas hay un supermercado en la ciudad- lo mejor es detenerse ante alguna de las señoras mayores que apostadas en casi todas las esquinas, igual que los señores que muestran ostentosos fajos de córdobas para cambiar dólares –coyotes les llaman–, ofrecen riquísimas rodajas de mangos verdes o sazones, gustosamente aderezados con sal, limón y un toque picante de chile. Allí la señora, en su mesa de cocina improvisada, tiene unos pequeños frutos de color verde. Le pregunto el nombre y me suena tan jugoso como la palabra jocote. También con sal, mucha sal, su sabor casi me obliga a dejar escapar una lágrima. Es de una acidez tal que ni siquiera al morder un limón se siente una sensación igual. “A las embarazadas les encantan, andan buscándolos como desesperadas”, asegura Lucía, una de las muchas mujeres que gasta sus mañanas en buscar en el mercado la tienda en la que la libra de frijoles esté más barata, aunque “no hay muchos pesos de diferencia de un lugar a otro”. Pero hay que emplear el tiempo en algo, y es entretenido el paseo.
Como es medio día, no hay mejor forma para refrescarse que pedirle a la señora un fresco, una especie de zumo de mango, papaya o melón contenido en una bolsita de plástico con una cañita por la que chupar: “Así se ahorra el envase”. Pueden verse por toda la ciudad, casi por todo el país, niños y mujeres que caminan con grandes canastas llenas de bolsitas con fresco metidas entre hielos. Sin lugar a dudas, el fresco tiene más éxito que la coca cola. Un par de córdobas es un precio muy competitivo.
Los puestos callejeros se salpican con los locales de la calle y se mezclan en un gran mercado que no deja ningún día de funcionar, pero que a las cinco de la tarde empieza a replegarse hasta la mañana siguiente, muy temprano.
Lo que no se encuentra en el mercado no existe. Al menos en Granada. “Señor deme un peso, un pesito”, me reclama un niño que no tendrá más de cinco años y tengo que dárselo, para enseguida tener alrededor a otros 'chavalos', todos sucios y con mirada desconfiada. Este es el gran drama de Nicaragua, esta una parte del futuro de un hermoso país, una parte que anda mendigando unas monedas “para comprar galletitas” y no puede estar frente al pupitre de una escuela. Mientras los tenderos siguen pregonando su mercancía con una urgencia pactada con el clima que abochorna el ánimo. Pido un melón a una señora que tiene un gran puesto de fruta, señalo el que quiero y comienza a reír sin mesura. No es una risa maliciosa, le ha causado una carcajada incontenible mi ignorancia al nombrar la pieza que tan apetecible me pareció. “Es un ayote señor”. Entonces yo también me río y me imagino pidiendo ayotes en una Granada que se encuentra a miles de kilómetros. Algo así como pedir un higo chumbo en la esquina de la Plaza Central, le digo, y trato de explicarle lo peligrosas que son las espinas. Y no deja de reír. También pido una pera aunque esta vez no la nombro. “Le gustará el pipián, señor, está riquísimo en la sopa”. Sin duda que lo está.
No sólo es el olor lo que excita mis sentidos al pasear entre los puestos de fruta y de verduras. Escuchar chiltoma, quequisque o chilote me provoca un cierto goce sonoro difícil de entender, igual que los chocoyos y sus plumas que son como esmeraldas incrustadas. Ahí están en sus jaulas junto a las gallinas que se venden vivas. Pero no hablan, no son loritos parlanchines como lo son las gentes que en la calle hablan y cuentan las historias del barrio. Se teme en toda Granada que la Tula Cuecho vaya con los chismes de uno por el mercado y “desempaque” su lengua viperina, pues a flor de labio maneja el chisme, como canta Carlos Mejía Godoy. A ver, cantáme la retahíla de chismes que sin respirar de la Tula Cuecho, le pido a Heidi, que me acompaña en mi paseo por el mercado. Ella no la ha escuchado en la voz de Carlos Mejía, o eso cree, pero La Nueva Compañía, un grupo de jóvenes granadinos que recuperan la tradición musical nicaragüense con especial acierto, canta esta divertida canción, y Heidi la conoce de memoria. Me pide que espere. Respira para adentro y dispara: “No es porque me importe meterme en tu vida pero me di cuenta que ya la barriga te viene creciendo desde que Rosendo te jugó maraña que tenés la maña de hacerle caritas a cualquier bayuco y que hasta el cusuco de la sastrería hizo ya el mandado hace varios días yo soy la más zángana, la de Zaragoza que me parta un rayo si es falsa la cosa pues me han confirmado que sos pizpireta, que tenés dos niños de chico y chancletas que a don Ceferino le robaste un rayo, que fuiste mujer de Lorenzo y Eladio y mejor no sigo mencionando jaños, pues la excitación sólo produce daño y con esto basta para todo el año”. Heidi termina casi morada, porque ha soltado toda la retahíla sin respirar, pero no le faltan fuerzas para compartir mi carcajada, ante la mirada de alguna ‘Tula Cuecho’.
Al cantarme esta canción recuerdo más melodías de Mejía Godoy y entonces caigo en la cuenta de que quería saber por qué el adjetivo de pinoleros con el que se denomina a veces a los nicas: “Alforja campesina pinolera, sos en el escapulario de mi tierra, cuando vienes del pueblo bien cargada me pareces una indita embarazada”, que reza otra letra del cantor de esta tierra.
Heidi me lleva a uno de los puestos, se acerca a uno de los sacos que hay sobre la madera y me pide que me acerque y huela un polvo dulzón y de color oscurecido. “Este es el pinol, se toma disuelto en agua”. Esta mezcla de harina de maíz tostado con azúcar es el origen, según me asegura Heidi, de que en algunas ocasiones se les llame pinoleros.
En el saco de al lado, el pinol huele más dulzón, casi como a canela. “Es pinolillo, ese lleva especias, compra media libra”. Y también pido un buen puñado de frijoles rojos, pues Mayra me prometió que me enseñaría a preparar un buen gallopinto, y cacao en grano. Muerdo uno para saciar mi curiosidad y tengo que escupir con todo el disimulo que puedo pues el amargor que me deja en la boca es muy desagradable. “Eso no se come así”, me dice Heidi una vez más con un carcajada.
Nunca he olido un café tan aromático como el que se vende en este mercado. “¿Molido o en grano de oro?”.
Por Daniel Rodríguez Moya

No ver, no oír, no hablar

A las seis de la mañana Granada empieza a oler a tortillas de maíz fritas y a café. El día madruga con una insolencia que molesta porque uno no sabe bien qué hacer a una hora tan andaluzamente intempestiva. Pero aquí ya nadie duerme. El calor es el mismo que el de la noche y la humedad nunca remite. Los muros de la casa no sirven para evitar que el ruido de los primeros carros insista en que la cama ya no es el mejor lugar donde pasar el tiempo. Pero hay mañanas nicaragüenses en las que uno no sabe dónde dirigirse y lo mejor es acercarse a la Plaza Central, a esas horas ya con algo de bullicio, sobre todo frente a la catedral granadina, austeramente en pie.
María Martha tiene treinta y cuatro años pero nadie lo diría. Cuando la miro mientras sacude el polvo de las piezas de cerámica que cada mañana coloca con esmero sobre las maderas que son su tienda móvil se me aparece como una madre viejísima, como una diosa de la fertilidad antigua igual que las que vende a los turistas, que cada vez visitan más esta ciudad colonial. Su piel está hecha de surcos y si me hubiese preguntado cuántos años pensaba que tenía no habría bajado de los cincuenta, pero me ahorró el mal rato de la sinceridad porque ella misma hizo todas las presentaciones necesarias. María Martha, treinta y siete años, seis hijos -4 varones y dos chicas- y con un marido ausente, perdido en alguna parte de Nicaragua o Costa Rica, tal vez en los Estados Unidos, si es que tuvo suerte, me dice con una resignación que no es indigna en su voz.
Viene siempre con todos sus hijos. Cada mañana sale de San Juan de Oriente y recorre la carretera que sale por Catarina, atraviesa Masaya y llega hasta Granada. “Yo los levanto a todos a las cinco porque no quiero que nos coja las seis y media sin estar ya colocando las figuritas en la Plaza”, me cuenta mientras Zulema, la más pequeña de todos que cumplió el último abril seis años se entretiene construyendo con habilidad una pulsera de hilo.
“Zulema estuvo muy enferma el año pasado. Creíamos que era la quebradora porque le dio una fiebre muy alta y ni los paños fríos eran capaz de bajársela” La mamá cuenta la enfermedad de Zulema como quien recuerda una pesadilla que vuelve incomodando la mañana. Mientras la mira como sigue en su entretenida labor con los hilos de colores. Zulema nos mira porque sabe que hablamos de ella. “Es muy vergonzosa pero es muy buena niña”.
Los demás también están junto al puesto, esperando que los turistas lleguen para ver la mercancía. Carlos es el mayor. Es el hombre de la casa. Nació cuando María Martha apenas había cumplido los diecisiete y se enorgullece cuando su mamá cuenta que es el artista de la familia. “Es el hace casi todos los platos y las jarras y hasta se atreve con algunas figuritas”.
San Juan de Oriente es tierra de artesanos. También se le conoce con el nombre de San Juan de los Platos y el pequeñísimo pueblo está salpicado de talleres de artesanía donde se usa una técnica que consiste en hornear el barro sin que la cocción sea completa, para posteriormente ser bruñido y adornado con bonitos dibujos precolombinos y motivos geométricos.
La familia suele regresar al pueblo a las 8 de la tarde, pero Carlos siempre coge su bicicleta a eso de las cuatro para adelantar las piezas que secas serán la nueva mercancía que expondrán en Granada. Dice que le gusta su trabajo, que hay días que está más cansado que otros y que cuando iba a la escuela, “hace siglos”, era peor porque entonces su mamá tenía que comprar las piezas a algunos vecinos artesanos y la ganancia era mucho menor.
María Martha me enseña tres figuras que me han llamado la atención. Son tres indios que con las manos, respectivamente, se tapan los oídos, los ojos y la boca, para no ver, no oír y no hablar. Me explica que cree que es por alguna historia que ya no recuerda, pero que 300 córdobas los tres es un precio más que razonable y que si yo fuera gringo me pediría mucho más, pero que le he caído bien.
Las figuras me gustan pero me inquietan. Pienso en Nicaragua mientras las vuelvo a observar y decido que viajarán en la maleta. Sé que cuando las mire instaladas en la quietud del salón de una casa a miles de kilómetros de las manos que las hicieron emerger del barro me asaltará la misma sensación que me invade, la intuición de encontrarme frente a la mejor metáfora de un país castigado a no ver, porque no le va a gustar lo que han hecho con él, a no oír, porque es mejor no escuchar los sonidos de la guerra y a no hablar, porque no hay quien escuche.

Por Daniel Rodríguez Moya

La Carretanagua


“¿De verdad que no sabés qué es la Carretanagua?” Me preguntó sorprendida Mayra, mientras fruncía el ceño para darle más misterio al asunto. Antes de asegurarle que no había escuchado jamás hablar de semejante cosa con un nombre que me resultó de lo más exótico la interrumpí para preguntarle por un gran golpe que se escuchó en la parte trasera de la casa. “Son los mangos, que ya están maduros”. Y tanto que debían de estarlo pues el 'trancazo' indicaba que precisamente no debía tratarse de un fruto pequeño.
Mayra quería contarme aquella noche la historia de la Carretanagua y por algún motivo pensó que yo no estaba demasiado interesado en una leyenda nica con la que a ella la asustaron casi a diario antes de ir a dormir. Por eso volvió a poner ese gesto con el que pretendía captar un interés, ganado a priori, sin ella saberlo, por la curiosidad que ese nombre provocaba en mí.
“Ya sabía que te interesaría esta historia. Además no es ninguna mentira de las que cuentan las viejas. Te lo juro que no. Yo la he visto, por la sangre de Cristo que yo la vi una noche. Bueno, en realidad la escuché. Pero era ella, seguro: La Carretanagua”.
Luego supe que se trataba de una de las leyendas con más tradición no sólo de Nicaragua, sino de toda Centroamérica y que sobre ella se han escrito múltiples variaciones. Pero aquella noche la historia de la Carretanagua me sonó como deben sonar las buenas leyendas, con la verosimilitud necesaria como para hacerme estremecer.
Mayra comenzó su relato de manera desordenada. La emoción la embargaba e incluso en alguna ocasión se le erizó la piel, como bien me hizo notar.
Por las noches, cuando ya todo el mundo se ha recogido, y tal vez sólo queda algún hombre rezagado en alguna cantina, los que esperan a que llegue el sueño temen a que también lo haga la Carretanagua, doblando la esquina de la calle. Mayra no supo cómo describirla para que me pareciera más horrible, tan horrible como ella la imaginó la noche en la que la pudo escuchar. Sólo acertó a decirme que iba montada sobre una especie de carromato destartalado de madera, que las ruedas parecían rodar lentísimas, muy ruidosas, y que guiando a los dos bueyes muy flacos, encanijados, que tiraban del infernal artilugio había una figura fantasmagórica cubierta con un manto negro. “Sus manos son huesudas, pero con el hueso por fuera. Bueno, es que en realidad no tiene piel, es como un esqueleto. Y la cabeza es igual, es una pura calavera, es la Muerte Quirina”.
Como si de un miedo antiguo se tratase, con sólo imaginar la escena sentí un escalofrío cierto, un temor más viejo que el propio tiempo. “Cuando la Carretanagua llega a una esquina, no da la vuelta, no dobla. De pronto desaparece y como por misterio, ya está una cuadra más abajo”.
Pregunté a Mayra que dónde fue eso, dónde tuvo aquella extraña visión que con tanta emoción me contaba. Temía que hubiese sido allí mismo, en Granada, frente al porche de la casa de los Pregos donde nos encontrábamos meciéndonos en un balancín y de veras que temí una repentina aparición de aquella figura espectral salida quién sabe de qué lugar de la tierra o del propio infierno. Había ganado mi atención. Mayra lo supo y dudó un momento antes de decirme el lugar en el que la Carretanagua le hizo saber que el miedo es un sentimiento demasiado subestimado, que a pesar de que hay cosas en la vida de una niña nicaragüense que pronto obligan a dejarlo a un lado, una aparición así puede estrellar contra la cara todos los temores del mundo.
“Fue en Rivas, cuando vivía allí con mi mamá. Ella dice que me lo inventé pero en realidad sabe que no porque a la mañana siguiente fue cuando se murió doña Estela y todos saben que la Carretanagua aparece cuando se va a morir alguien. Es como si fuera a llevarse al muerto. Eso lo sabe mi mamá y también sabe que doña Estela siempre decía que si alguna noche se escuchaban crujir ruedas en la calle era por ella, porque una india de Monimbó se lo avisó hacía muchos años, le dijo que la Carretanagua iría a buscarla”.
Rivas queda a poco más de dos horas de Granada, en dirección a San Juan del Sur. Demasiado distancia, me dije irracionalmente, para que aquella noche hiciera una visita por aquel barrio granadino que no terminaba de dormirse bajo el calor húmedo con el que el invierno castiga a los viajeros de otras latitudes.
No fue una buena noche. El ruido de los mangos al caer, las ranas de la ciénaga y el zumbar insistente de los zancudos, esos mosquitos que parecían no inmutarse ante el repelente que literalmente cubría mi cuerpo se tornaban en crepitar de madera, en un ruido insoportable para el miedo que me embargaba por culpa de la historia de Mayra. Pero amaneció como siempre, y a las seis de la mañana la vida golpeaba de nuevo a toda la ciudad.
Aquella mañana tenía cita en la librería Parnaso, en Managua y a las 9 ya estaba tomando el school bus gringo que por 12 pesos me dejó frente a la UCA, la Universidad Centroamericana, justo al lado de Parnaso.
A pesar de que venía buscando algunas ediciones de mi admirada Gioconda Belli, me detuve ante un pequeño librito que tenía una portada que me resultó muy familiar. Era un dibujo algo naif en el que con unos colores muy vivos aparecía un esqueleto sobre una carreta tirada por unos bueyes que también eran esqueletos. Me vino como un pequeño vuelco al corazón. Se trataba de una pequeña miscelánea con las leyendas y cuentos más populares de Nicaragua que dedicaba especial atención a la Carretanagua. De la misma manera que Mayra, la noche anterior, había recurrido a la propia experiencia para convencerme de que no se trataba de un cuento de ancianas, el autor recogía numerosos testimonios de gentes que se habían topado con ella. Así, pude leer el testimonio de José Jesús, que aseguraba que la carreta pasaba por los barrios de Granada cuando él era ‘chavalo’ y se reunía para jugar con otros ‘chavalos’ del barrio de Bolsón. Allí, el anciano don Rubén, cuando se acercaba la hora de la noche, les contaba cuentos que a todos estremecían, en especial el de la Carretanagua. Según pude leer en aquel librito, en la versión de don Rubén “se oía el correteo de la carreta, las ruedas parecían pegar en zanjones, algunos decían que los mismos que allí iban montados la hacían sonar así. Los que lograban verla quedaban enfermos por calentura bien alta. Pero lo más feo era el ruidaje de la carreta que se quedaba suspendida en el aire, sonando frente a la casa como que nunca acabara de pasar. Algunos que salían con el ruido sólo veían una sombra lejana. La carreta era veloz porque nadie la podía ver de cerca. La tal carreta pasaba entre la Calle Real y la Calle Xalteva. Ya entrada la noche lograba llegar a la Pólvora viniendo del Cementerio pero al arrimar a los cruces se quedaba estancada. La carreta no puede pasar por las calles que forman una cruz. Al lado del barrio del Bolsón correteaba esa tal carreta, que iba barajustada de la Pólvora hasta un arroyo(…)”
Cuando le conté a Mayra que había encontrado en Parnaso aquella historia me miró con distancia, parecía algo enojada. “Así que no me creías y has tenido que leerlo en un libro, pues ya ves que no me invento las cosas”. Cogió por segunda vez el pequeño volumen y observó atentamente la ilustración de la cubierta, esa recreación casi infantil de la leyenda. “La que yo vi era mucho más horrible, esa casi me da la risa”.

Poetas de 45 países piden que Granada (Nicaragua) sea Patrimonio de Humanidad



Managua, 11 feb (EFE).- Poetas de 45 países participantes en el tercer Festival Internacional de Poesía de Nicaragua pidieron a la UNESCO que declare Patrimonio de la Humanidad a la ciudad colonial de Granada, en el sureste del país, informaron hoy fuentes del festival.
La petición fue suscrita por unos 140 poetas que participaron en el Festival, dijo Francisco de Asís Fernández, uno de los organizadores del evento, celebrado en Granada entre los pasados días 6 y 10.
Los poetas suscribieron un comunicado en el que consideran que Granada, por su valor histórico y arquitectónico, debe ser declarada Patrimonio Cultural y Ecológico de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
De Asís Fernández recordó que una petición similar se hizo a la UNESCO en la edición pasada, en 2006, del Festival Internacional de Poesía.
Granada, ubicada a 45 kilómetros al sureste de Managua, es uno de los principales destinos turísticos de Nicaragua y con mayor riqueza histórica y cultural del país.
La ciudad, que conserva el toque arquitectónico colonial, fue de las primeras en ser fundadas por el español Francisco Hernández de Córdoba, a comienzos del siglo XVI.
Entre sus riquezas naturales figura el Gran Lago de Nicaragua, con varias isletas entre las que sobresalen las paradisíacas Ometepe y Zapatera, con sus volcanes Concepción y Maderas.
Entre los poetas que suscribieron la petición a la UNESCO están Amadeu Thiago de Mello (Brasil), Waldo Leyva (Cuba), Steven White (EEUU), Luis Antonio de Villena y Luis García Montero (España), Eira Stenberg (Finlandia), Mudnakudu Chinnasewamy (India), Amir Heicom (Israel), Kristy Bloom (Noruega) y Rowena Hill (Reino Unido).
También lo firmaron la poetisa y escritora nicaragüense Gioconda Belli y el sacerdote y poeta trapense Ernesto Cardenal Martínez.
Los asistentes al Festival acordaron dedicar el cuarto Festival Internacional de Poesía de Granada, a celebrarse en 2008, al poeta nicaragüense Salomón de la Selva.
El primer festival, en 2005, se centró en la obra del nicaragüense Joaquín Pasos (1914-1947) y del padre Cardenal Martínez.
La edición pasada fue dedicada al poeta nicaragüense José Coronel Urtecho (1906-1994) y la recién concluida a Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), que encabezó el "Movimiento de Vanguardia de Nicaragua".