
“¿De verdad que no sabés qué es la Carretanagua?” Me preguntó sorprendida Mayra, mientras fruncía el ceño para darle más misterio al asunto. Antes de asegurarle que no había escuchado jamás hablar de semejante cosa con un nombre que me resultó de lo más exótico la interrumpí para preguntarle por un gran golpe que se escuchó en la parte trasera de la casa. “Son los mangos, que ya están maduros”. Y tanto que debían de estarlo pues el 'trancazo' indicaba que precisamente no debía tratarse de un fruto pequeño.
Mayra quería contarme aquella noche la historia de la Carretanagua y por algún motivo pensó que yo no estaba demasiado interesado en una leyenda nica con la que a ella la asustaron casi a diario antes de ir a dormir. Por eso volvió a poner ese gesto con el que pretendía captar un interés, ganado a priori, sin ella saberlo, por la curiosidad que ese nombre provocaba en mí.
“Ya sabía que te interesaría esta historia. Además no es ninguna mentira de las que cuentan las viejas. Te lo juro que no. Yo la he visto, por la sangre de Cristo que yo la vi una noche. Bueno, en realidad la escuché. Pero era ella, seguro: La Carretanagua”.
Luego supe que se trataba de una de las leyendas con más tradición no sólo de Nicaragua, sino de toda Centroamérica y que sobre ella se han escrito múltiples variaciones. Pero aquella noche la historia de la Carretanagua me sonó como deben sonar las buenas leyendas, con la verosimilitud necesaria como para hacerme estremecer.
Mayra comenzó su relato de manera desordenada. La emoción la embargaba e incluso en alguna ocasión se le erizó la piel, como bien me hizo notar.
Por las noches, cuando ya todo el mundo se ha recogido, y tal vez sólo queda algún hombre rezagado en alguna cantina, los que esperan a que llegue el sueño temen a que también lo haga la Carretanagua, doblando la esquina de la calle. Mayra no supo cómo describirla para que me pareciera más horrible, tan horrible como ella la imaginó la noche en la que la pudo escuchar. Sólo acertó a decirme que iba montada sobre una especie de carromato destartalado de madera, que las ruedas parecían rodar lentísimas, muy ruidosas, y que guiando a los dos bueyes muy flacos, encanijados, que tiraban del infernal artilugio había una figura fantasmagórica cubierta con un manto negro. “Sus manos son huesudas, pero con el hueso por fuera. Bueno, es que en realidad no tiene piel, es como un esqueleto. Y la cabeza es igual, es una pura calavera, es la Muerte Quirina”.
Como si de un miedo antiguo se tratase, con sólo imaginar la escena sentí un escalofrío cierto, un temor más viejo que el propio tiempo. “Cuando la Carretanagua llega a una esquina, no da la vuelta, no dobla. De pronto desaparece y como por misterio, ya está una cuadra más abajo”.
Pregunté a Mayra que dónde fue eso, dónde tuvo aquella extraña visión que con tanta emoción me contaba. Temía que hubiese sido allí mismo, en Granada, frente al porche de la casa de los Pregos donde nos encontrábamos meciéndonos en un balancín y de veras que temí una repentina aparición de aquella figura espectral salida quién sabe de qué lugar de la tierra o del propio infierno. Había ganado mi atención. Mayra lo supo y dudó un momento antes de decirme el lugar en el que la Carretanagua le hizo saber que el miedo es un sentimiento demasiado subestimado, que a pesar de que hay cosas en la vida de una niña nicaragüense que pronto obligan a dejarlo a un lado, una aparición así puede estrellar contra la cara todos los temores del mundo.
“Fue en Rivas, cuando vivía allí con mi mamá. Ella dice que me lo inventé pero en realidad sabe que no porque a la mañana siguiente fue cuando se murió doña Estela y todos saben que la Carretanagua aparece cuando se va a morir alguien. Es como si fuera a llevarse al muerto. Eso lo sabe mi mamá y también sabe que doña Estela siempre decía que si alguna noche se escuchaban crujir ruedas en la calle era por ella, porque una india de Monimbó se lo avisó hacía muchos años, le dijo que la Carretanagua iría a buscarla”.
Rivas queda a poco más de dos horas de Granada, en dirección a San Juan del Sur. Demasiado distancia, me dije irracionalmente, para que aquella noche hiciera una visita por aquel barrio granadino que no terminaba de dormirse bajo el calor húmedo con el que el invierno castiga a los viajeros de otras latitudes.
No fue una buena noche. El ruido de los mangos al caer, las ranas de la ciénaga y el zumbar insistente de los zancudos, esos mosquitos que parecían no inmutarse ante el repelente que literalmente cubría mi cuerpo se tornaban en crepitar de madera, en un ruido insoportable para el miedo que me embargaba por culpa de la historia de Mayra. Pero amaneció como siempre, y a las seis de la mañana la vida golpeaba de nuevo a toda la ciudad.
Aquella mañana tenía cita en la librería Parnaso, en Managua y a las 9 ya estaba tomando el school bus gringo que por 12 pesos me dejó frente a la UCA, la Universidad Centroamericana, justo al lado de Parnaso.
A pesar de que venía buscando algunas ediciones de mi admirada Gioconda Belli, me detuve ante un pequeño librito que tenía una portada que me resultó muy familiar. Era un dibujo algo naif en el que con unos colores muy vivos aparecía un esqueleto sobre una carreta tirada por unos bueyes que también eran esqueletos. Me vino como un pequeño vuelco al corazón. Se trataba de una pequeña miscelánea con las leyendas y cuentos más populares de Nicaragua que dedicaba especial atención a la Carretanagua. De la misma manera que Mayra, la noche anterior, había recurrido a la propia experiencia para convencerme de que no se trataba de un cuento de ancianas, el autor recogía numerosos testimonios de gentes que se habían topado con ella. Así, pude leer el testimonio de José Jesús, que aseguraba que la carreta pasaba por los barrios de Granada cuando él era ‘chavalo’ y se reunía para jugar con otros ‘chavalos’ del barrio de Bolsón. Allí, el anciano don Rubén, cuando se acercaba la hora de la noche, les contaba cuentos que a todos estremecían, en especial el de la Carretanagua. Según pude leer en aquel librito, en la versión de don Rubén “se oía el correteo de la carreta, las ruedas parecían pegar en zanjones, algunos decían que los mismos que allí iban montados la hacían sonar así. Los que lograban verla quedaban enfermos por calentura bien alta. Pero lo más feo era el ruidaje de la carreta que se quedaba suspendida en el aire, sonando frente a la casa como que nunca acabara de pasar. Algunos que salían con el ruido sólo veían una sombra lejana. La carreta era veloz porque nadie la podía ver de cerca. La tal carreta pasaba entre la Calle Real y la Calle Xalteva. Ya entrada la noche lograba llegar a la Pólvora viniendo del Cementerio pero al arrimar a los cruces se quedaba estancada. La carreta no puede pasar por las calles que forman una cruz. Al lado del barrio del Bolsón correteaba esa tal carreta, que iba barajustada de la Pólvora hasta un arroyo(…)”
Cuando le conté a Mayra que había encontrado en Parnaso aquella historia me miró con distancia, parecía algo enojada. “Así que no me creías y has tenido que leerlo en un libro, pues ya ves que no me invento las cosas”. Cogió por segunda vez el pequeño volumen y observó atentamente la ilustración de la cubierta, esa recreación casi infantil de la leyenda. “La que yo vi era mucho más horrible, esa casi me da la risa”.

1 comentario:
Hola Daniel, soy Francisco Ruiz, de Nicaragua. Me alegra mucho que te hayan gustado las leyendas "terroríficas" de Nicaragua. Lo interesante con estas historias es precisamente sus variantes. En mi caso, empecé a leerlas ya cuando tenía como 20 y tantos años a través del libro de Ricardo Pasos Marciaq. Se trata de un libro de cuentos que se llama "Semillas de la luna". Ahí podés encontrar las historias bien redactadas y vistas desde un escritor que se interesó por registrar estas historias orales propias de la literatura infantil. Obviamente las escuché cuando niño, pero las leí ya grande. Pero si de verdad verdad andás buscando cómo entretenerte, te recomiendo la versión de "Cinco noches arrechas" de María López Vigil, ahí están las historias de "El cura sin cabeza", "El cadejo", La cegua", La carreta..." y "El caballo de arrechavala". Son historias para niños y para adultos con las que te vas a divertir, conocer mejor nuestra cultura, aunque a veces vos sabés y sos más nica que nosotros. Y también como son cuentos para asustar a los niños, pues seguro te vas a orinar....del miedo.
Abrazos desde Nicaragua, esta tu tierra que te espera en febrero para celebrar la poesía.
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