
No se pueden entender en su justa dimensión los versos de Pablo Neruda, cuando describe algún mercado americano, si no se ha paseado por uno, si no se ha sentido la mezcla de olores y sonidos que son, una sensación que ni siquiera a través de la magia del poema se puede percibir.
El mercado de Granada reúne toda la esencia de las palabras de Neruda, y pasear sin rumbo fijo por la calle Atravesada, adentrándose entre los puestos, actualiza todas esas sensaciones, les da un sentido de realidad a golpe de gritos que venden la mejor mercancía de toda la ciudad.
Pero antes de hacer la compra diaria como los granadinos, que no tienen la costumbre de ir a hipermercados y tirar de carros metálicos –apenas hay un supermercado en la ciudad- lo mejor es detenerse ante alguna de las señoras mayores que apostadas en casi todas las esquinas, igual que los señores que muestran ostentosos fajos de córdobas para cambiar dólares –coyotes les llaman–, ofrecen riquísimas rodajas de mangos verdes o sazones, gustosamente aderezados con sal, limón y un toque picante de chile. Allí la señora, en su mesa de cocina improvisada, tiene unos pequeños frutos de color verde. Le pregunto el nombre y me suena tan jugoso como la palabra jocote. También con sal, mucha sal, su sabor casi me obliga a dejar escapar una lágrima. Es de una acidez tal que ni siquiera al morder un limón se siente una sensación igual. “A las embarazadas les encantan, andan buscándolos como desesperadas”, asegura Lucía, una de las muchas mujeres que gasta sus mañanas en buscar en el mercado la tienda en la que la libra de frijoles esté más barata, aunque “no hay muchos pesos de diferencia de un lugar a otro”. Pero hay que emplear el tiempo en algo, y es entretenido el paseo.
Como es medio día, no hay mejor forma para refrescarse que pedirle a la señora un fresco, una especie de zumo de mango, papaya o melón contenido en una bolsita de plástico con una cañita por la que chupar: “Así se ahorra el envase”. Pueden verse por toda la ciudad, casi por todo el país, niños y mujeres que caminan con grandes canastas llenas de bolsitas con fresco metidas entre hielos. Sin lugar a dudas, el fresco tiene más éxito que la coca cola. Un par de córdobas es un precio muy competitivo.
Los puestos callejeros se salpican con los locales de la calle y se mezclan en un gran mercado que no deja ningún día de funcionar, pero que a las cinco de la tarde empieza a replegarse hasta la mañana siguiente, muy temprano.
Lo que no se encuentra en el mercado no existe. Al menos en Granada. “Señor deme un peso, un pesito”, me reclama un niño que no tendrá más de cinco años y tengo que dárselo, para enseguida tener alrededor a otros 'chavalos', todos sucios y con mirada desconfiada. Este es el gran drama de Nicaragua, esta una parte del futuro de un hermoso país, una parte que anda mendigando unas monedas “para comprar galletitas” y no puede estar frente al pupitre de una escuela. Mientras los tenderos siguen pregonando su mercancía con una urgencia pactada con el clima que abochorna el ánimo. Pido un melón a una señora que tiene un gran puesto de fruta, señalo el que quiero y comienza a reír sin mesura. No es una risa maliciosa, le ha causado una carcajada incontenible mi ignorancia al nombrar la pieza que tan apetecible me pareció. “Es un ayote señor”. Entonces yo también me río y me imagino pidiendo ayotes en una Granada que se encuentra a miles de kilómetros. Algo así como pedir un higo chumbo en la esquina de la Plaza Central, le digo, y trato de explicarle lo peligrosas que son las espinas. Y no deja de reír. También pido una pera aunque esta vez no la nombro. “Le gustará el pipián, señor, está riquísimo en la sopa”. Sin duda que lo está.
No sólo es el olor lo que excita mis sentidos al pasear entre los puestos de fruta y de verduras. Escuchar chiltoma, quequisque o chilote me provoca un cierto goce sonoro difícil de entender, igual que los chocoyos y sus plumas que son como esmeraldas incrustadas. Ahí están en sus jaulas junto a las gallinas que se venden vivas. Pero no hablan, no son loritos parlanchines como lo son las gentes que en la calle hablan y cuentan las historias del barrio. Se teme en toda Granada que la Tula Cuecho vaya con los chismes de uno por el mercado y “desempaque” su lengua viperina, pues a flor de labio maneja el chisme, como canta Carlos Mejía Godoy. A ver, cantáme la retahíla de chismes que sin respirar de la Tula Cuecho, le pido a Heidi, que me acompaña en mi paseo por el mercado. Ella no la ha escuchado en la voz de Carlos Mejía, o eso cree, pero La Nueva Compañía, un grupo de jóvenes granadinos que recuperan la tradición musical nicaragüense con especial acierto, canta esta divertida canción, y Heidi la conoce de memoria. Me pide que espere. Respira para adentro y dispara: “No es porque me importe meterme en tu vida pero me di cuenta que ya la barriga te viene creciendo desde que Rosendo te jugó maraña que tenés la maña de hacerle caritas a cualquier bayuco y que hasta el cusuco de la sastrería hizo ya el mandado hace varios días yo soy la más zángana, la de Zaragoza que me parta un rayo si es falsa la cosa pues me han confirmado que sos pizpireta, que tenés dos niños de chico y chancletas que a don Ceferino le robaste un rayo, que fuiste mujer de Lorenzo y Eladio y mejor no sigo mencionando jaños, pues la excitación sólo produce daño y con esto basta para todo el año”. Heidi termina casi morada, porque ha soltado toda la retahíla sin respirar, pero no le faltan fuerzas para compartir mi carcajada, ante la mirada de alguna ‘Tula Cuecho’.
Al cantarme esta canción recuerdo más melodías de Mejía Godoy y entonces caigo en la cuenta de que quería saber por qué el adjetivo de pinoleros con el que se denomina a veces a los nicas: “Alforja campesina pinolera, sos en el escapulario de mi tierra, cuando vienes del pueblo bien cargada me pareces una indita embarazada”, que reza otra letra del cantor de esta tierra.
Heidi me lleva a uno de los puestos, se acerca a uno de los sacos que hay sobre la madera y me pide que me acerque y huela un polvo dulzón y de color oscurecido. “Este es el pinol, se toma disuelto en agua”. Esta mezcla de harina de maíz tostado con azúcar es el origen, según me asegura Heidi, de que en algunas ocasiones se les llame pinoleros.
En el saco de al lado, el pinol huele más dulzón, casi como a canela. “Es pinolillo, ese lleva especias, compra media libra”. Y también pido un buen puñado de frijoles rojos, pues Mayra me prometió que me enseñaría a preparar un buen gallopinto, y cacao en grano. Muerdo uno para saciar mi curiosidad y tengo que escupir con todo el disimulo que puedo pues el amargor que me deja en la boca es muy desagradable. “Eso no se come así”, me dice Heidi una vez más con un carcajada.
Nunca he olido un café tan aromático como el que se vende en este mercado. “¿Molido o en grano de oro?”.
Por Daniel Rodríguez Moya

6 comentarios:
Hola Daniel, gracias por visitar mi blog, Nicaragua de mis recuerdos.
¡Qué belleza tu blog! ¡Qué hermosura! cómo me he emocionado leyendo tantos detalles de mi Nicaragua lejana.
Qué frescor entre tus líneas, tantos recuerdos bonitos. Hasta me dejaste con antojos de jocotes, ayotes y olorcito de mi tierra.
Bonita historia :)
Me entran unas ganas enormes de visitar esa ciudad tocaya cada vez que te escucho (o te leo) hablar sobre ella.
Un beso y espero que sigas por aquí :)
Por cierto, no me deja publicar comentarios si no uso mi cuenta de blogger...
Nicaragua, nicaragüita...linda historia, daniel
Sos nica?
Pues ya sabes, Ninanut, la próxima vez que vayamos apúntate a venir con nosotros!
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