
Hay ciudades que llevan la poesía adherida a su propio nombre, a su propia historia. Geografías que un día fueron recorridas por algún escritor que alcanzó la fama y que quedaron para siempre unidas a sus pasos. Se habla de ciudades literarias como del París de Baudelaire, la Lisboa de Pessoa, la Praga de Kafka, la Granada de Federico García Lorca. A un océano de distancia de la ciudad lorquiana, la Granada tropical, la que divide su tiempo con una temporada de lluvias, y se estremece con el temblor de la tierra, también se ha fundido en un poema. No sólo por la presencia del poeta sandinista, cura trapense para más señas, el padrecito Cardenal con su barba blanca de profeta y sus versos como salmos terrenales, de este mundo. No sólo porque en la Granada nicaragüense cuando llega febrero la plaza de la Merced o la Xalteva se llena de poetas de medio mundo que llegan a esa herida abierta de Centroamérica para decir sus poemas y compartir algo más que versos. Los chavalos que pasean con sus bicicletas los miran con asombro. Todos quieren ser poetas. Uno se acerca y casi con veneración pide un poema para enamorar a una muchacha que vende vigorón en la plaza. A cambio invita al incrédulo poeta a un raspado. Es un trueque justo: unos versos de amor por un poco de alivio helado al sofocante calor de febrero.
La Granada que se extiende a la sombra del volcán Mombacho y se mira en las aguas del Lago Cocibolca es un poema que se escribe a diario en el ajetreo del mercado, por la calle Atravesada, mientras se sazonan los jocotes o los mangos, y se enchilan, para pasar así la mañana. Se escribe en cada nota de las marimbas de la Plaza Central cuando suena la Mora limpia o Alforja campesina, y aparecen, como subiendo del Caimito, las palabras de otro poeta, Carlos Mejía Godoy, con el cansancio del que ha perdido una revolución, la misma revolución perdida que transitan las páginas de las memorias de Ernesto Cardenal.
En los versos que tejen el poema granadino se filtran los temores nocturnos, los fantasmas que transitan los barrios oscuros. Por las noches, cuando ya todo el mundo se ha recogido, y tal vez sólo queda algún hombre rezagado en alguna cantina, los que esperan a que llegue el sueño temen a que también lo haga la Carretanagua, doblando la esquina de la calle. Una figura fantasmagórica cubierta con un manto negro va montada sobre un carromato destartalado de madera. Sus ruedas parecen rodar lentísimas, muy ruidosas. Va guiando a dos bueyes muy flacos, encanijados, que tiran del infernal artilugio. Sus manos son huesudas y la cabeza es igual, es una pura calavera, es la Muerte Quirina. Pero luego llega la luz y a las seis de la mañana Granada empieza a oler a tortillas de maíz fritas y a café. El día madruga con insolencia.
En Granada, Joaquín Pasos nos dice que todos los ruidos del mundo forman un gran silencio pero el silencio se rompe con las tormentas de Carlos Martínez Rivas “en la tardecita eléctrica de las casas con salitas abiertas y muchachas sentadas en las butacas meciéndose los radios encendidos”.
Para Gioconda Belli las palabras de los pueblos se parecen a sus montañas y a sus lagos, también a sus árboles y a sus animales. El poema que es Granada habla por su historia. Tiene versos sobre conquistadores españoles que llegaron con sus barcos a su mar dulce. Se mezcla en sus sinalefas la lengua de los antepasados con la “la lengua del despojo”. No son metáforas las que hablan del gran incendio, de la invasión de un gringo loco, otro más, que se creyó dueño del destino de un pueblo, que quiso someterlo. William Walker quiso dejarlo por escrito cuando, como Nerón, lo puso todo al pasto de las llamas: ‘Here was Granada’-‘Aquí estuvo Granada’-. El filibustero no intuyó que muchas décadas después el poeta Pablo Antonio Cuadra lo desmentiría al asegurar que esta ciudad “es tan eterna como Roma”.
Hay ciudades poéticas que siempre estarán vinculadas a uno o varios nombres que construyeron un imaginario con ellas. El poema que es la Granada nicaragüense está escrito con muchas plumas distintas. En él han ido incorporando sus imágenes los poetas que buscan el verbo exacto, el adjetivo que no mate. Este poema pertenece a Ernesto Cardenal, a Martínez Rivas, a Pablo Antonio Cuadra, a Enrique Fernández Morales, a su hijo Chichí… pero lo que dicen sus versos, más allá de las metáforas y los juegos literarios, más allá de los libros y los recitales, se escucha cada mañana en el rumor de la plaza, en la paciencia infinita de un pueblo cuyas palabras se parecen al palo del chilamate, con profundas raíces que lo agarran a la tierra y lo dejan crecer, a pesar de la amenaza de los huracanes.

