sábado, 12 de mayo de 2007

Granada, intermezzo tropical


Hay ciudades que llevan la poesía adherida a su propio nombre, a su propia historia. Geografías que un día fueron recorridas por algún escritor que alcanzó la fama y que quedaron para siempre unidas a sus pasos. Se habla de ciudades literarias como del París de Baudelaire, la Lisboa de Pessoa, la Praga de Kafka, la Granada de Federico García Lorca. A un océano de distancia de la ciudad lorquiana, la Granada tropical, la que divide su tiempo con una temporada de lluvias, y se estremece con el temblor de la tierra, también se ha fundido en un poema. No sólo por la presencia del poeta sandinista, cura trapense para más señas, el padrecito Cardenal con su barba blanca de profeta y sus versos como salmos terrenales, de este mundo. No sólo porque en la Granada nicaragüense cuando llega febrero la plaza de la Merced o la Xalteva se llena de poetas de medio mundo que llegan a esa herida abierta de Centroamérica para decir sus poemas y compartir algo más que versos. Los chavalos que pasean con sus bicicletas los miran con asombro. Todos quieren ser poetas. Uno se acerca y casi con veneración pide un poema para enamorar a una muchacha que vende vigorón en la plaza. A cambio invita al incrédulo poeta a un raspado. Es un trueque justo: unos versos de amor por un poco de alivio helado al sofocante calor de febrero.

La Granada que se extiende a la sombra del volcán Mombacho y se mira en las aguas del Lago Cocibolca es un poema que se escribe a diario en el ajetreo del mercado, por la calle Atravesada, mientras se sazonan los jocotes o los mangos, y se enchilan, para pasar así la mañana. Se escribe en cada nota de las marimbas de la Plaza Central cuando suena la Mora limpia o Alforja campesina, y aparecen, como subiendo del Caimito, las palabras de otro poeta, Carlos Mejía Godoy, con el cansancio del que ha perdido una revolución, la misma revolución perdida que transitan las páginas de las memorias de Ernesto Cardenal.

En los versos que tejen el poema granadino se filtran los temores nocturnos, los fantasmas que transitan los barrios oscuros. Por las noches, cuando ya todo el mundo se ha recogido, y tal vez sólo queda algún hombre rezagado en alguna cantina, los que esperan a que llegue el sueño temen a que también lo haga la Carretanagua, doblando la esquina de la calle. Una figura fantasmagórica cubierta con un manto negro va montada sobre un carromato destartalado de madera. Sus ruedas parecen rodar lentísimas, muy ruidosas. Va guiando a dos bueyes muy flacos, encanijados, que tiran del infernal artilugio. Sus manos son huesudas y la cabeza es igual, es una pura calavera, es la Muerte Quirina. Pero luego llega la luz y a las seis de la mañana Granada empieza a oler a tortillas de maíz fritas y a café. El día madruga con insolencia.

En Granada, Joaquín Pasos nos dice que todos los ruidos del mundo forman un gran silencio pero el silencio se rompe con las tormentas de Carlos Martínez Rivas “en la tardecita eléctrica de las casas con salitas abiertas y muchachas sentadas en las butacas meciéndose los radios encendidos”.

Para Gioconda Belli las palabras de los pueblos se parecen a sus montañas y a sus lagos, también a sus árboles y a sus animales. El poema que es Granada habla por su historia. Tiene versos sobre conquistadores españoles que llegaron con sus barcos a su mar dulce. Se mezcla en sus sinalefas la lengua de los antepasados con la “la lengua del despojo”. No son metáforas las que hablan del gran incendio, de la invasión de un gringo loco, otro más, que se creyó dueño del destino de un pueblo, que quiso someterlo. William Walker quiso dejarlo por escrito cuando, como Nerón, lo puso todo al pasto de las llamas: ‘Here was Granada’-‘Aquí estuvo Granada’-. El filibustero no intuyó que muchas décadas después el poeta Pablo Antonio Cuadra lo desmentiría al asegurar que esta ciudad “es tan eterna como Roma”.

Hay ciudades poéticas que siempre estarán vinculadas a uno o varios nombres que construyeron un imaginario con ellas. El poema que es la Granada nicaragüense está escrito con muchas plumas distintas. En él han ido incorporando sus imágenes los poetas que buscan el verbo exacto, el adjetivo que no mate. Este poema pertenece a Ernesto Cardenal, a Martínez Rivas, a Pablo Antonio Cuadra, a Enrique Fernández Morales, a su hijo Chichí… pero lo que dicen sus versos, más allá de las metáforas y los juegos literarios, más allá de los libros y los recitales, se escucha cada mañana en el rumor de la plaza, en la paciencia infinita de un pueblo cuyas palabras se parecen al palo del chilamate, con profundas raíces que lo agarran a la tierra y lo dejan crecer, a pesar de la amenaza de los huracanes.

sábado, 5 de mayo de 2007

Abril en Managua (o un Flor de Caña con Claribel Alegría)


Los poetas revolucionarios corren el riesgo de traicionarse a sí mismos y de esa forma traicionar a sus lectores. A Claribel Alegría, nicaragüense y salvadoreña a 50% (revolucionaria casi por obligación con unas credenciales así) no le ha sucedido esto, afortunadamente para sus lectores.

No voy a desgranar la vida y la obra de Claribel Alegría esta tarde que presentamos este librito editado con todo el primor del mundo por El Ladrón de Agua en colaboración con el Festival Internacional de Poesía Ciudad de Granada, fruto de la conferencia que aquí mismo ofreció la poeta hace ahora un año. Sólo quiero compartir con ustedes algunos apuntes de una tarde-noche en Managua, en su casa, unas semanas antes de su visita a Granada del pasado mayo, que espero que sirvan para conocer más a una escritora que, aunque tal vez poco leída en España, es una referencia fundamental de la poesía escrita en español y, si se quiere hacer la división de géneros que tanto gusta a algunos críticos, de la poesía femenina.

Managua es una ciudad que no existe como tal. No hay nada que la ordene, que la disponga como una urbe. No hay bulevares para pasear como en casi cualquier ciudad del mundo y lo poco de su centro histórico permanece aún devastado desde 1972, cuando un terremoto asoló la ciudad en la víspera de Noche Buena. Managua es una ciudad que tiene un lago y dos volcanes. Es difícil explicar más. Claribel Alegría vive en una casita en el barrio de Los Robles, cerca de donde el cantante Carlos Mejía Godoy –el de los de Palacagüina que ustedes conocerán por los Perjúmenes- tiene su restaurante, muy cerca de Metrocentro, una superficie comercial en la que casi ningún nicaragüense puede comprar nada, pero que es una referencia en todo el país.

Desde Granada, la ciudad colonial más antigua en tierra firme del continente americano, se tardan poco más de 45 minutos en llegar, por una carretera que es un bache en sí misma y en uno de esos destartalados buses escolares amarillos gringos que sólo el milagro cotidiano hace que aún se pongan en marcha.

Su casa, nada ostentosa, tiene un pequeño jardín en la entrada y en el interior, además de muchos libros, hay fotos y alguna pieza de arte precolombino. El calor es sofocantemente húmedo a pesar de que ha caído el sol: los rigores del trópico. Claribel, efusiva como acostumbra y con su “¡qué maravilla!” siempre en los labios nos recibe. Nos sentamos en torno a una mesa en el jardín y enseguida, tenemos delante una botella de Flor de Caña, el mejor ron del mundo, dicen los nicas. Puedo dar fe de ello.

Claribel está entusiasmada con su visita a Granada. Me dice, arrebatada, todo lo que quiere contar cuando llegue a “la ciudad de Federico”, los recuerdos que quiere compartir. Va a su estudio y trae una foto viejísima con un rostro muy conocido. Es Juan Ramón Jiménez. Por detrás, de puño y letra del Premio Nobel de Moguer, se lee algo así como “Para que me reconozcas”. Se la envió antes de ella fuera a Washington a reunirse con él. Nos cuenta que Juan Ramón fue durísimo con ella, en su conferencia publicada en este precioso librito lo dice. "¡Cuánto me hizo sufrir Juan Ramón!". Tras un breve silencio Claribel cambia el tono de su voz y me pregunta: "vos pensás, querido Daniel, que estaría bien que leyese un poema dedicado a Federico..." Entonces me explica que a finales de los 60 o principios de los 70 ella y Bud, su marido, leyeron a Ian Gibson y enseguida fueron a Víznar, a llevar flores a la tumba del poeta. Cambia de tema porque acaba de nombra a Bud y no puede evitar esbozarnos cuánto significó en su vida, cuánto significa todavía. D.J. Flakoll era su nombre, pero ella le llamaba Bud, a secas. Trabajó como representante diplomático de su país, los Estados Unidos, hasta que renunció a su puesto como protesta hacia el gobierno de su país que había intentado la invasión de Playa Girón en 1961, en Cuba. Un gringo nada convencional, sin duda. Con Bud compartió durante casi 50 años una vida en la que viajaron, escribieron y llevaron muchos proyectos en común. Murió en 1995 Nos habla de él y se emociona. Entonces recuerdo un libro de Claribel que llevaba un coautor, D. J. Flakol, un ensayo titulado 'La revolución sandinista' que compré en mi primer viaje a Nicaragua, un año antes. Justo cuando comenzamos a hablar del libro, aparece en el jardín Erik, uno de los hijos de Claribel que nos saluda efusivamente. Es periodista y está preparando su próxima aventura, un viaje en velero desde Mallorca para hacer la supuesta ruta de Ulises en busca de Ítaca. Tras las presentaciones hablamos otra aventura, de cuando también con un pequeño velero inició un viaje por el Río San Juan, una peligrosa travesía desde el Pacífico al Atlántico justo por donde los estadounidenses, en el XIX, idearon crear un canal interoceánico que finalmente se construyó en Panamá.

Claribel está orgullosa de Erik y le incita a hablarnos más de sus aventuras periodísticas. Pero el asunto de aquel libro sobre la revolución sandinista que habíamos interrumpido me interesaba sobremanera, y volví a sacar el tema. Claribel cambia su semblante luminoso antes de hablar de todo aquello, de un tiempo que estuvo lleno de esperanza y por el que ahora, casi 30 años después, tantos se sienten traicionados. El 19 de julio de 1979 triunfaba la Revolución Sandinista. Tras años de lucha clandestina y miles de muertos, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) izaba la bandera rojinegra en el Palacio Presidencial de Managua y acababa con más de cuarenta años de dictadura somocista. Las multitudes llegaban de todas las partes del país, desde Las Segovias en el Norte, desde León y Masaya con una luz en el rostro. Gente pobre hasta la médula, pero con una ilusión y la esperanza de un futuro distinto. Claribel apoyó la causa sandinista del mismo modo que lo hicieron los intelectuales más destacados del país como Gioconda Belli, Sergio Ramírez –que fue vicepresidente con Ortega– o Ernesto Cardenal –ministro de Cultura-. Los primeros momentos del triunfo revolucionario debieron ser apoteósicos. Es difícil imaginar cómo debe sentirse un pueblo oprimido cuando de pronto una mañana se despierta, mira hacia todos lados, y ya no hay ni rastro de la Guardia Nacional, lo sicarios del Regimen. Lo que pasó después es conocido: el poderoso vecino del norte se asusta y ve en la revolución nicaragüense un peligro, una influencia negativa en la zona. Entonces comienza uno de los episodios más espeluznantes y deleznables que ha vivido Centroamérica. Los Estados Unidos, el país de la libertad ‘Confiamos en Dios’, dicen en sus monedas, arma a la Contra, se inventa una guerra civil para impedir que los nicaragüenses decidan su futuro.

Claribel se pregunta ¿para qué sirvió todo aquello, para qué tantísimos muertos? Y es entonces cuando habla de las traiciones del comandante Daniel Ortega, de algunos de los líderes que entusiasmaron a todos aquel 19 de julio y que hoy son el máximo exponente de la corrupción que tiene completamente mordido al país.

La conversación deriva hasta el momento político actual. En noviembre iban a ser las elecciones presidenciales y tanto Claribel como Erik nos cuentan sus temores a que Daniel Ortega, reconvertido a un cristianismo fanático, consiga la presidencia. Esto se vino a confirmar y el comandante regresó al poder gracias a una reforma de la ley electoral fruto de sus pactos. Menos del 35% de los electores apostaron por él. –

Del interior de la casa sale con sigilo una pequeña gata de color negro. La llamo y le pregunto a Claribel ¿es Sabrina? Ella afirma con el gesto y agradece con una sonrisa la complicidad. Sabrina es la protagonista de uno de sus poemas y acaba de saltar del papel a este pequeño jardín en una noche de abril en Managua:

MI GATA

A Sabrina

Cómo envidio a mi gata
que no sufre de insomnio
sobre el sofá se duerme
sobre el piso
si la despierta un ruido
abre apenas los ojos
y los vuelve a cerrar.
Me atrae su indolencia
su levedad
su holgura.
No se somete a nadie
su despertar es lento
hace yoga mi gata
viene hacia mí
se acerca
contra mi piel se frota
la acaricio
me araña
se escabulle de un salto.
¿Me quiere?
¿No me quiere?
Misteriosa es mi gata
y jamás lo sabré.

Se había hecho tarde y estábamos a punto de despedirnos de Claribel con un “nos vemos en la Granada española dentro de unas semanas”. Antes de levantarnos, mi mujer, con ese punto entre la indiscreción y la curiosidad que tienen los nicaragüenses, le llamó la atención sobre un colgante que llevaba puesto y en el que había estado fijándose durante toda la velada. Cuando le preguntó sobre el mismo, la poeta, enterneció el gesto y nos dijo: “Son las cenizas de Bud, las llevo siempre conmigo”.

Comenzaba este texto diciendo que los poetas revolucionarios corren el riesgo de traicionarse a sí mismos y que a Claribel no le había sucedido esto. Me di cuenta de ello en ese momento. La poesía y la vida de esta nicaragüense no ha dejado nunca de girar en torno al amor, que es la única revolución posible, el único motor que puede mover las revoluciones y justificarlas.